Los mercados de criptomonedas, esas bestias implacables, operan las 24 horas del día, los 7 días de la semana a través de un laberinto de intercambios, cada uno repleto de miles de tokens y una avalancha interminable de noticias, datos en cadena, actualizaciones técnicas y el siempre voluble sentimiento social. Para tomar una sola decisión comercial, uno debe lidiar con documentos técnicos más densos que una novela de Dostoievski, informes de auditoría tan emocionantes como una declaración de impuestos, actividad de GitHub, correlaciones de mercado, desarrollos regulatorios y discusiones comunitarias, todo mientras los precios fluctúan con la fantasía de un niño pequeño con un subidón de azúcar.