
Y, sin embargo, en medio de este caos, emerge un obstinado susurro de esperanza: una chispa aislada de capital que parpadea en la vasta oscuridad, atreviéndose a soñar con un regreso. Pero ¡ay, qué ironía! Mientras más liquidez fluye hacia las arcas del mundo, alcanzando la asombrosa cifra de 147 billones de dólares, las criptomonedas parecen acurrucarse detrás de muros digitales, cautelosas y cautelosas. Al igual que los niños que rechazan el brócoli, los inversores recurren al oro, que brilla intensamente con un máximo histórico de 4.420 dólares la onza, o se aferran a las monedas estables, esos temerarios digitales que afirman mantenerse 1:1 con el dólar estadounidense, porque la coherencia aparentemente es una tendencia ahora.