La tesis de Schiff, entregada con la sutileza de un mazo en una venta de porcelana, es una clase magistral sobre el Schadenfreude. Si Bitcoin fuera verdaderamente “oro digital”, se burla, ¿no estaría corriendo hacia las salidas mientras las imprentas de la Reserva Federal rugían? En cambio, el capital fluyó como vino hacia los metales, el índice del dólar se desplomó como un globo desinflado y Bitcoin se derrumbó junto a los escombros de los activos de riesgo. Schiff, siempre autoproclamado juez, lo llamó “prueba de estrés”, un término que hace que el “examen final” suene como una prueba sorpresa. Bitcoin, insiste, no es una cobertura; es un soufflé especulativo que se derrumba en el momento en que el calor de la liquidez parpadea.