Entre los zumbidos de la asamblea, que se habían reunido como bandadas de gorriones esperanzados en el invierno para escuchar las promesas de su hombre, el presidente proclamó, con la solemnidad de reducir su sentencia de muerte, que la niebla opresiva del desdén burocrático hacia las criptomonedas se había disipado. Blandió su pluma, después de haber firmado una orden ejecutiva que, según insistió, era tan histórica como la llegada de los Peregrinos, poniendo fin efectivamente a la “guerra contra las criptomonedas” del gobierno federal. La innovación digital, al parecer, es el nuevo Destino Manifiesto.